Hay un momento de terror doméstico que todos reconocen: el beep del microondas. Ese tono penetrante, corto y repetitivo que anuncia que la comida está lista pero que también logra interrumpir conversaciones, despertar bebés y generar una ansiedad inexplicable.
Lo curioso es que, en 2026, la tecnología para eliminarlo ya está dentro del aparato. Solo hace falta que alguien con los oídos correctos escriba el código adecuado.
Ese alguien resultó ser Joel Corelitz, un compositor nominado al BAFTA que trabajó en Death Stranding y Halo Infinite. Junto a Colin Coogan, su socio en Starling, un estudio de diseño sonoro, descubrieron que el problema no es el hardware: es la flojera de los fabricantes.
El molesto beep sale de un componente que cuesta centavos, el buzzer piezoeléctrico, y cualquier microcontrolador que acepte C++ puede programarse para generar sonidos mucho más sofisticados sin cambiar una sola pieza.
El corazón del proyecto es el Microwave Sound Bench, un software que Corelitz y Coogan crearon para diseñar tonos alternativos. En una entrevista con WIRED, Corelitz demostró cómo pasa del clásico beep insoportable a trinos, arpegios y barridos de frecuencia que suenan más a videojuego que a cocina.
Todo desde un Arduino UNO R4 Minima conectado a tres buzzers en una placa de prototipos. Incluso logró simular cambios de volumen explotando la frecuencia de resonancia del buzzer, algo que antes se creía imposible sin un altavoz.

Por qué todos los microondas suenan igual de mal tiene una explicación industrial, no técnica. Richard Hughes, quien fue diseñador UX principal de Whirlpool durante 15 años y ahora lidera diseño digital en Volvo, explicó que los fabricantes no tienen expertos en audio interno.
Los sonidos se heredan de un modelo a otro sin cuestionarse, y como el margen en electrodomésticos es estrecho, nadie invierte en mejorar algo que ya “funciona”. Pero Hughes confirmó que eso está cambiando: cuando dejó Whirlpool, lideró una iniciativa de estrategia de sonido para productos que ahora están saliendo al mercado.
El dato que más debería llamar la atención de los fabricantes es la reacción del público. En Instagram, los comentarios sobre el experimento de Starling se repitieron una y otra vez: la gente pagaría 50 dólares más por un microondas que sonara bien. Cincuenta dólares de margen adicional por un cambio que no cuesta nada en hardware, solo en diseño.
Corelitz y Coogan no están interesados en patentar la idea ni en cerrar el código. Quieren que los fabricantes lo adopten, incluso si “toman prestadas” las ideas. Su filosofía, resumida en una frase de Corelitz, es simple: resolver el problema de ir por el mundo escuchando ruidos molestos que no transmiten información útil.
Mientras tanto, Starling ya demostró que sabe hacer esto a escala. Antes del microondas, diseñaron la estrategia de sonido UX para toda la flota de Ford y crearon el sistema de audio para el robot quirúrgico Da Vinci Xi de Intuitive Surgical. Si lograron que un robot que opera dentro del cuerpo humano suene bien, un microondas no debería ser problema.


