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Hace una década, a los estudiantes de humanidades se les decía que si querían ser empleables debían aprender a programar.

Hoy, los programadores están nerviosos por la posibilidad de que la IA les quite sus empleos, mientras los filósofos tienen menor tasa de desempleo que ellos. Y no solo eso: las empresas de IA más poderosas del mundo están compitiendo por contratarlos.

Los datos del Banco de la Reserva Federal de Nueva York son contundentes: en 2024, el 7% de los graduados en informática estaban desempleados, frente a solo el 5.1% de los filósofos. Y el portal de empleo filosófico PhilJobs pasó de ofrecer el 1% de vacantes relacionadas con IA en 2013 al 16% en 2025, según datos recogidos por The Atlantic.

Anthropic fue pionera en esta tendencia. Amanda Askell, filósofa de la empresa, lideró la creación de la Constitución de Claude, un documento de 84 páginas que define la personalidad y el comportamiento del modelo. Incorpora principios de Immanuel Kant, la Declaración Universal de los Derechos Humanos e incluso los términos de servicio de Apple. Los empleados la apodaron “documento alma”.

Google DeepMind emplea al menos 10 filósofos, incluyendo a Henry Shevlin, que investiga conciencia de máquinas, y Atoosa Kasirzadeh, que estudia qué significa vivir en un mundo donde la agencia cognitiva ya no es exclusivamente humana. OpenAI, por su parte, consultó a “cientos de moralistas” cuando diseñó las reglas de comportamiento de ChatGPT.

El debate gira en torno a dos marcos éticos. La deontología, popular entre los seguidores de Kant, impone reglas estrictas: no mentir, no coaccionar, tratar a las personas como fines y no como medios.

Anthropic e Inflection AI adoptaron este enfoque. El consecuencialismo, que sopesa costos frente a beneficios, es el que guía a OpenAI y Google. Sus modelos están diseñados para producir “beneficios generales probables que superen sustancialmente los riesgos previsibles”.

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IBM lleva la idea un paso más allá con su serie de modelos Granite, que incluye controles filosóficos para que los clientes elijan dónde equilibrar compromisos como agencia individual versus armonía social. Francesca Rossi, responsable de IA responsable en la empresa, describe estos controles como herramientas para personalizar la ética del modelo.

Lo que nadie discute es la magnitud del cambio. Arizona State University planea lanzar una carrera de IA y filosofía en 2027. University at Buffalo estrena un doctorado en “ontología aplicada” en respuesta al boom de la IA.

Y los filósofos freelance ganan hasta 60 dólares por hora como contratistas para entrenar modelos con dilemas éticos.

La ironía es difícil de ignorar. Hace una década, la filosofía parecía el camino más “impracticable” que existía. Ahora resulta que las empresas que intentan construir mentes artificiales necesitan a quienes llevan siglos pensando en qué es una mente.

Fuentes: